lunes, 27 de abril de 2020

Las tentaciones, ¿Cómo podemos vencerlas?

Todos los seres humanos, en algún punto de nuestras vidas, hemos sido tentados a hacer algo que nosotros sabemos que es malo. Ningún nacido de mujer, o como diríamos en la República Dominicana, “Ningún hombre que tenga la barriga pa’ lante” puede decir que nunca se ha sentido atraído a cometer alguna fechoría. 

Aunque no lo queramos admitir, las tentaciones forman parte de nuestro diario vivir, y si somos sinceros, debemos reconocer que con frecuencia somos seducidos y caemos en las trampas del mal. No sé si usted ha tenido que lidiar con pecados específicos que por más esfuerzo que hace por no cometerlos, siempre cae rendido ante ellos. Si ese es, o ha sido su caso, estoy seguro que usted se ha hecho la siguiente pregunta: ¿Cómo puedo vencer las tentaciones? Si anda buscando la respuesta de ésta, ha llegado al lugar correcto.

Antes de dar una respuesta concreta a la pregunta en cuestión, consideremos algunas cosas:
Dios no tienta a nadie.

Tengo la certeza de que usted, al igual que yo, ha escuchado a más de uno decir: “Dios me está tentando”, pero la verdad es que Dios no es quien nos tienta. Las Sagradas Escrituras lo afirman: “cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”. (Santiago 1:13 RV 1960). Al contrario, la palabra del Señor manifiesta que, cuando somos tentados, lo somos desde nuestra propia concupiscencia, es decir; muchas de las tentaciones a las que somos expuestos no vienen del exterior, sino desde lo más profundo de nuestra naturaleza pecaminosa. Veamos lo que Santiago dice al respecto: “…cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y lo seducen” (Santiago 1:14 NVI). ¿Ya ve? No somos tan buenos como creemos. Por otro lado, también tenemos al enemigo de las almas, al tentador, que siempre nos está “tirando cascaritas” para ver si caemos. “Por eso, cuando ya no pude soportarlo más, mandé a Timoteo a indagar acerca de su fe, no fuera que el tentador los hubiera inducido a hacer lo malo y que nuestro trabajo hubiera sido en vano”. (1 Tesalonicenses 3:5 NVI, énfasis añadido).
No hay tentaciones exclusivas.

Lo que quiero decir con esto es que no hay tentaciones únicas en su clase. No podemos decir que la tentaciones que nosotros experimentamos nadie más las experimenta, porque no hay tentaciones que no sean humanas, es decir; lo que usted está atravesando ahora, hace mucho que ya alguien más lo pasó. “Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano…” (1 Corintios 10:13a NVI). De hecho, el mismo Jesús fue tentado en todo, pero sin pecado (Hebreos 4:15).

En este punto, usted quizás esté diciendo: “está bien, lo que has dicho es correcto, pero ¿Cómo puedo vencer las tentaciones?”. No se inquiete, le diré a continuación:
Ore y esté atento.

Jesús, cuando estaba a punto de ser entregado en manos de los fariseos, invitó a sus discípulos a que lo acompañaran a orar, pero sus discípulos estaban completamente agotados, y a pesar de repetidos esfuerzos, siempre caían rendidos por el pesado sueño que los había sobrecogido. Cuando Jesús regresó, los vio dormidos y les aconsejó lo siguiente: “Estén alerta y oren para que no caigan en tentación. El espíritu esta dispuesto, pero el cuerpo es débil” (Mateo 26:41). Es menester que oremos en todo tiempo y sin cesar (Efesios 6:18; 1 Ts. 5:17). ¿De qué manera nos libra la oración de la tentación? Porque con nuestras propias fuerzas no podemos. En la oración modelo, el Padrenuestro, Jesús nos enseñó que tenemos que pedir a Dios que nos libre de caer en las tentaciones (Mateo 6:13). Además, según el apóstol Pedro, Jesús es poderoso para socorrer a los que son tentados. “Pues en cuanto el mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Sin embargo, no es suficiente con orar. Necesita estar atento. Debe reconocer cuáles cosas le hacen pecar y alejarse de ellas. Jesús, el que fue tentado en todo, pronunció las siguientes palabras: “Si tu mano o tu pie te hace pecar, córtatelo y arrójalo. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que ser arrojado al fuego eterno con tus dos manos y tus dos pies. Y, si tu ojo te hace pecar, sácatelo y arrójalo. Más te vale entrar tuerto en la vida que con dos ojos ser arrojado al fuego del infierno”. (Mateo 18:8-9 NVI). Esto, de ninguna forma, significa que debemos mutilar nuestro cuerpo, porque Dios nunca nos mandará a maltratar el templo del Espíritu Santo. No obstante, lo que el Señor sí está diciendo es que hagamos un análisis y reconozcamos cuáles cosas nos están haciendo fallarle a nuestro Salvador, y que nos deshagamos de ellas. ¿Cuál es la mano o pie que le hace pecar? ¿Son sus amigos inconversos o quizás esas conversaciones que por WhatsApp está sosteniendo? Hágase una autoevaluación, determine cuál es su piedra de tropiezo y elimínela.Sea intencional y propóngase no contaminarse con el pecado.

Para poder ganar la lucha que contra el pecado libramos, tenemos que tomar la firme decisión de no pecar. Nosotros no estamos obligados a pecar. Imitemos el ejemplo de Daniel cuando fue llevado a Babilonia. Él sabía que la comida que le brindaban en Babilonia era comida que, en ocasiones, se ofrecía a dioses paganos y él no estaba dispuesto a ofender a su Dios ingiriendo tal comida. Daniel fue intencional en cuanto a esto. Veamos: “Pero Daniel se propuso no contaminarse con la comida y el vino del rey, así que le pidió al jefe de oficiales que no lo obligara a contaminarse”. (Daniel 1:8 NVI).

Yo sé que la vida cristiana no siempre es fácil, pero nosotros podemos vencer, de hecho, nosotros somos más que vencedores (Romanos 8:37). Dios está de nuestro lado y sabe librarnos de las tentaciones. “Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos…” (2 Pedro 2:9). Así que no te rindas. Avanza con valor.

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