El mundo estaba en paz, siguiendo su curso normal hasta que se presentó el silente enemigo, el coronavirus. Este virus ha cambiado el estilo de vida de todos los terrícolas, y lamentablemente, ha impedido la realización de actividades que con frecuencia llevábamos a cabo. La mayoría de nosotros se ha visto en la obligación de quedarse en casa; las escuelas y universidades están cerradas; los negocios, exceptuando supermercados, farmacias y otros que son indispensables, también han tenido que cerrar sus puertas. El mundo está en pausa. Ya no podemos salir al cine, a un restaurante o a visitar a nuestros amigos, debido a que la distancia social es, probablemente, la forma más efectiva de evitar la propagación del virus.

Cuando, por alguna razón, dejamos de hacer las cosas que con regularidad hacíamos, comenzamos a extrañarlas, y al mismo tiempo, empezamos a darles el valor que ameritan. Antes de que el Covid-19 se convirtiera en una pandemia mundial, todos estábamos muy ocupados con nuestras vidas y no le dábamos la importancia requerida a muchas de las cosas que hacíamos o teníamos, pero ahora, debido a la imposibilidad que el coronavirus nos ha impuesto, hemos iniciado a apreciarlas. 

¿De cuáles cosas estamos hablando? Veamos:

Nuestras congregaciones.

Antes del coronavirus, había una gran cantidad de cristianos que dejaba de asistir a sus congregaciones por cualquier motivo. No le daban tanta importancia a congregarse con sus hermanos a adorar al Señor. Muchos asistían solamente los domingos; algunos iban cada dos semanas; mientras que otros, únicamente cuando había actividades especiales. En otras palabras, antes podíamos ir a nuestras iglesias, pero no queríamos. 

Sin embargo, ahora queremos, pero no podemos. ¡Qué paradójica es la vida! Yo solo espero que cuando pase todo esto, sea cuando sea, podamos citar el salmo 133 y decir “Mirad cuán bueno y delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía” o que al igual que David, podamos decir: “Yo me alegro cuando me dicen: «Vamos a la casa del Señor»” (Salmo 122:1 NVI).

Los abrazos y los apretones de manos.
La manera de saludar puede variar de una cultura a otra, pero en la mayoría de los países del hemisferio occidental, un apretón de mano es indispensable al momento de ofrecer un saludo a alguien. Sin embargo, esto es algo que ya no se puede hacer. Ya no podemos estrecharle la mano a nadie. Si queremos saludarnos de cerca, tenemos que hacerlo con los codos o con los pies, como si estuviéramos jugando futbol. ¡Quién imaginaría que llegaríamos tan lejos! Dice el Philippe, un rapero cristiano de la República Dominicana, en su canción “Tal como soy” que “un abrazo no tiene precio, fecha ni hora”. Sin embargo, si nos abrazamos ahora, puede costarnos bastante caro. Yo considero que, después que pase esto, debemos abrazar y dar calor a nuestros seres queridos.

Nuestras familias.

Cuando la pandemia aún no había llegado, estábamos tan ocupados que no teníamos tiempo para dedicárselo a los miembros de la familia. Pasábamos cerca de ocho horas en el trabajo, y cuando llegábamos a casa, estábamos demasiado cansados para conversar con nuestra pareja o para jugar con los niños. No obstante, ahora estamos en casa todo el tiempo y nos vemos en la necesidad de hacerlo, y nos hemos dado cuenta de lo gratificante que eso puede ser. Además, aparte de la oración, nada fortalece más un matrimonio o la relación con los hijos que el tiempo de calidad que con ellos pasamos. 
Mi oración es que después que cese la propagación del virus, podamos dar la valía correspondiente a nuestras familias, porque después de Dios; lo más importante no es nuestro ministerio, ni nuestro trabajo, sino la familia.

Nuestros pastores y líderes espirituales.
Aunque algunos enemigos de la fe no quieran reconocer el arduo trabajo de los pastores y líderes espirituales, a muchos nos consta que la labor que estos hombres y mujeres de Dios realizan es encomiable. Con la llegada de la pandemia, los pastores y líderes han tenido que “hacer de tripas corazones” para alimentar sus ovejas. Algunos han tenido que comprar softwares de comunicación virtual, mientras que otros tienen que utilizar los medios gratuitos disponibles como Facebook, WhatsApp, Zoom, etc. para poder mantenerse en contacto con los miembros de sus iglesias. 

Yo no soy pastor, pero sé lo difícil que es para muchos de ellos no poder tenernos juntos en la congregación para instruirnos en la palabra del Señor, ni poder darnos el seguimiento regular que a muchos nos ofrecen. ¡Valoremos a nuestros pastores! No esperemos a que llegue la celebración del día del pastor para decirles cuánto los amamos. Llámalos hoy mismo y diles que aprecias mucho todas las veces que se han dormido tarde, si es que han dormido, orando por tu bienestar espiritual.

El coronavirus ha dificultado la vida de los seres humanos, pero aún de las peores cosas, podemos aprender algo. 
El Covid-19 ha traído consigo algunas lecciones que nosotros debemos aprender. No desaprovechemos la oportunidad.

Con cariño,

Emmanuel Paniagua.
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